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Entrar al colegio y encontrarme con el amigo
de Paula agradeciéndome por haberla salvado me desestabilizó bastante. La noche
anterior estuve pensando mucho, pensando cosas que realmente no debería
pensarlas o más bien sentirlas. Todavía sigo sin entender la conexión que sentí
con Paula, más allá de que si fue mutua o no, era algo que no podía permitirme,
más allá de lo que se ve a simple vista: Ella mi alumna, y yo su profesor. Pero
eso es otro tema.
Necesité cortar todo, porque me conocía, y
sabía que era lo mejor –exagerando un poco y adelantándome a un supuesto
futuro-.
Las horas de clases pasaron normal, hoy no
tenía clase con su curso, pero si con el de su amigo que me enteré que se
llama Gonzalo.
De ese día pasaron cuatro semanas, y yo ya me
sentí enloquecer. Por más que quería alejar a Paula de mis pensamientos, el
mundo se empecinaba en hacer totalmente lo contrario. En el correr de este
tiempo me la crucé varias veces en el edificio, y a decir verdad no la veía
nada bien, en algunas ocasiones la encontré con los ojos bastantes rojos, y la
mirada triste-y eso me mató-. Muchas veces intenté preguntarle si algo le
pasaba, porque más allá de que había dicho que me quería mantener al margen con
ella esto simplemente me sobrepasaba. Desde el día que la conocí sentí una
conexión-la bendita conexión que vengo hablando hace bastante- y ya pienso que
si bien fue algo raro, extraño, por algo fue, y no quiero buscarle el porqué.
No me interesa. Existe y listo, sea cual sea la razón.
Hoy era lunes y por ende tenia clase con su
curso.
Me desperté tarde, no sentí el despertador,
pero para mi suerte mi despertador biológico si lo sentí. Me duché a las
apuradas al igual tomé que el desayuno. Cuando estaba saliendo faltaban tres minutos
para que el timbre toque, y me quería morir, y para mi mala suerte la tormenta
que había era terrible. A la entrada del edificio me encontré a Paula, con su
uniforme y mochila. De espalda.
-Paula-coloqué mi mano en su espalda y se dio
vuelta- hola, ¿vas a colegio?
-Hola, em-dudó- sí.
-¿En qué vas? Llueve bastante y ya es tarde.
-Veo que llueve- dijo algo irónica- se
suponía que mi padre debía venir a buscarme-.
-Capaz que por la lluvia está cortada alguna
calle, no sé, pero… ¿queres que te lleve?-pregunté dudoso. Y si, hace dos
semanas conseguí comprarme un auto.
-No, no, gracias, espero que venga mi padre o
si no tomaré un taxi. Gracias igual.
-El timbre ya habrá tocado y yo soy bastante
estricto con las llegadas tardes, eh-reímos juntos- dale, vamos que te llevo.
-Pero… ¿Qué van a decir si nos ven llegar
juntos?
-Nada, nadie se dará cuenta, ya habrán entrado
todos, y de ultima no estamos haciendo nada malo, dale, vamos que te llevo, ¿sí?-ella
asintió tímida- aguántame que saco el auto.
-¿Puedo preguntarte algo?-estábamos los dos
en el auto yendo al colegio, con una tardanza de cinco minutos. Ya había
desistido de la idea de no acercarme a ella.
-Sí, claro-me miró por unos segundos y volvió
su vista al frente-.
-¿Por qué has estado triste estos días?-me
dedicó una mirada confusa- he notado en varias oportunidades que estas triste,
sos bastante trasparente.
-Es algo complejo… no sé si da para hablarlo
acá.
-Es entendible, y tampoco te sientas en la
obligación de contármelo. Es solo que te noté un poco triste y bueno… Más allá
de ser tu profesor, quiero que sepas, em, que podes confiar en mí, ¿sí?-ella me
miró- a veces pienso que no debería meterme en esto, pero es más fuerte que
yo-siempre exagerando un poco, pero era lo que sentía- vivimos recontra
cerca-reímos- así que sabes que cualquier cosa estoy-y ella simplemente me
dedicó la mirada más dulce que había visto en mi vida.
Y en algún punto me sentí un tarado estar diciéndole
eso, y más cuando no nos conocíamos casi nada, pero fue una necesidad, algo que
no pude manejarlo.
-C-dije y ella me miró sin entender- puerta
C- solo sonrió y se bajó del auto ya que habíamos llegado.
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Todavía no podía creer todo lo que había
pasado en este último mes. Si yo creía tener la familia perfecta estaba
bastante equivocada, y el tiempo me lo demostró.
“Ya no siento lo mismo por tu madre.
Decidimos tomarnos un tiempo” eso fue lo que mi padre me dijo un día, así de la
nada. Y después de esa frase vinieron las mil y una peleas, las discusiones,
los gritos, y yo entre medio, sin importarles un carajo como me sentía, como
afectaba en mí su decisión.
Mi padre decidió irse del departamento, de la
nada también, no intentó arreglar nada. Lo veía poco y nada a decir verdad, no
conocía donde estaba viviendo, y cuando me pasaba a buscar para hablar lo hacía
todo a las apuradas.
Igual lo peor fue que hace una semana
comenzaron con los papeles del divorcio, y el tema de la tenencia, y ahí es
donde yo entro, donde se toma en cuenta mi decisión, aunque la misma ya estaba
clara: quería quedarme con mi madre. Pero la situación no era para nada lindo.
Dos días atrás le dije eso a mi padre, y su
reacción no fue la mejor. Gritos, gritos y más gritos. La solución a todo eso
era encerrarme en mi cuarto a escuchar música, y a pensar en Pedro. Sí. En él.
Sinceramente era más fuerte que yo, y por lo que me dijo hoy también más fuerte
que él.
Estas últimas semanas se preocupó bastante
por mí, preguntándome como estaba, pero yo siempre trataba de evadirlo, evitar
las respuestas. No quería involucrarme más con él, aunque ya lo había hecho
casi inconscientemente.
La guerra campal número quinientos tres se
estaba desatando en este preciso momento a causa de que mi padre no vino a
buscarme hoy para llevarme al colegio. Sinceramente no lo soportaba más, no
podía soportar escuchar a mis padres gritarse de tal forma, olvidándose todo el
amor que en algún momento se tuvieron, olvidándose de que ahí estaba yo.
-¿Puede dejar de gritar?-pregunté con los
ojos llenos de lágrimas cuando aparecí en el living- ¿pueden pensar en mí? Para
ustedes debe ser complicada la situación, pero para mí lo es mucho más. Me hace
mal escucharlos gritar de la manera en que lo hacen, no puedo-dije ya llorando-
acá la que única que quedó en el medio de esta situación de mierda fui yo. Sepan que no es
una situación linda para mí- y ellos simplemente me miraron, y al segundo
comenzaron a echarse la culpa de porque estaba así yo.
Y en ese momento me acordé de Pedro, de la
conexión rara que teníamos-porque ya lo llamábamos así- y de sus palabras. Lo necesitaba.
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